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18 noviembre 2009

Crónica de Gaza

Sin saberlo Sofía se ha convertido en una super modelo de Cooperantes Justicieros. Nos gusta más la linea, mil veces más que la de Cruz Roja.

GRACIAS A UN POETA EN LA LUNA.

Me había preparado psicológicamente para entrar de nuevo en Gaza.

Sabía que iba a ser duro, que tres años sin entrar eran muchos porque el tiempo en Gaza tiene otro paso, otro ritmo. Tres años en los que la maltrecha franja ha sufrido uno de los ataques más salvajes de los últimos tiempos, tres años de bloqueo despiadado, tres años de destrucción sistemática.

Ni todo el entrenamiento de mundo me hubiera servido para ver Gaza con serenidad. No hay manera humana de prepararse para ver Gaza. No la hay.

Esperando a que el ejército Israelí nos permitiera el paso a Gaza nos encontramos con unos “activistas” israelíes en el checkpoint de Erez. Cualquiera hubiera pensado que estaban allí para denunciar la terrible situación que vive los palestinos de Gaza, pero no. Estos “activistas” repartían un panfleto donde pedían a las personas que cruzaban que les dieran su apoyo y solidaridad para que se liberara al cabo Gilad Shalit, “secuestrado por Hamas”. Estos “activistas” se ponen delante del checkpoint que da entrada a la carcel de Gaza y no tienen mejor cosa que denunciar que el “secuestro” de su soldadito. ¿Y que pasa con el millón y medio de personas, éstas sí, secuestradas en su propia tierra y sin acceso a recursos ni medicamentos, sin poder salir? ¿Qué pasa con el secuestro de las tierras palestinas? ¿Qué pasa con la muerte de sus seres queridos? No, para estos “activistas” eso no parecía ser motivo suficiente de movilización. Pero Gilad Shalit, soldado del ejercito israelí, capturado en una acción de guerra mientras se encontraba en territorio ocupado, eso sí. Pobrecito Shalit, pobrecito. Él que solo es un soldado de un ejercito que practica la tortura regularmente, que entra en las casas de gente inocente y se divierte cagando sobre sus fotos de familia y sus muebles, que se mean encima de los niños, que mata civiles con total impunidad. Pobrecito Shalit, que injusta es la vida con él.

Lo mejor de todo es leer ese panfleto que repartían y leer que el “secuestro del cabo Shalit va en contra del Derecho Internacional, las Convenciones de Ginebra y el estatuto de Roma”. Y yo me pregunto, ¿cómo pueden estos “activistas” salir todas las mañanas de la tienda que han montado al lado del check point plagada de fotos de Shalit, vestirse y ponerse delante de la gente que entra a Gaza repartiendo esa información sin que se les caiga la cara de vergüenza?. ¿Qué nivel de inconsciencia hay que tener para actuar así? ¿Qué nivel de maldad?

Conseguimos entrar todas las personas que estábamos en mi grupo. Al otro lado nos esperaban los compañeros del Palestinian Center for Human Rights, la organización que presentó la demanda en la audiencia nacional española. Empezamos la visita por el norte de la ciudad de Gaza. Ver las calles fue suficiente para darme cuenta de que mi preparación psicológica no me serviría de nada. Casas destruidas, barro por todas partes, pertenencias de la gente que aparecían todavía bajos los escombros, la gente viviendo en tiendas de campaña, comercios cerrados. Han pasado 10 meses desde que terminó el ataque y todo sigue igual. 10 Meses sin poder reconstruir sus vidas y sin perspectiva de poder hacerlo en el futuro. ¿Cómo pueden levantarse cada mañana? Esa es la pregunta que me retumbaba en la cabeza. ¿Cómo pueden seguir de pie? Hablamos con ellos, te cuentan, te lo vuelven a contar. Una historia tras otra, todas igual de horribles, todas insoportables, pero todos siguen en pie.

Viajamos hasta el sur de la Franja y seguimos escuchando y viendo destrucción, sin descanso, no hay refugio en Gaza. No hay tregua. En el horizonte marítimo se ven los barcos israelíes, en el aire los apaches y aviones de combate, en tierra las casas destruidas.

El único refugio que queda en Gaza es la sonrisa de la gente. Esa no la pueden borrar con las bombas. Sonríen y te hacen sonreír, a pesar de las historias escuchadas, a pesar de la destrucción divisada, a pesar del olor del fósforo blanco. Ellos sonríen y nosotros con ellos.

Ojala nunca dejen de sonreír. Y nosotros seguiremos luchando para mantener esa sonrisa. Aunque a veces al verla a mí se me nublen los ojos.

Un abrazo fuerte a todos,

Sofía.

Fecha: 9 de noviembre de 2009 12:39

11 julio 2009

INERCIAS DEL DESTINO


¿Resistiría esa cuerda desquebrajada el peso de mi cuerpo, el peso de mi cuello? Mientras andaba por los alrededores del muelle buscaba una nueva utilidad a los
objetos, hacerlos más...óptimos, como dijo mi antiguo jefe; si se le puede llamar antigüedad a algo que ha nacido hace un par de horas. “Deberías ser más óptimo” -dijo con convicción-. Inepto inculto. Me estaba despidiendo de manera educada.

El sol de agosto, sofocante, hacía que mi camisa se pegara a mí formando ambos un único ser. Notaba como mi ropa interior estaba empapada de sudor y mis zapatos se resistían a despegarse del suelo en cada paso que daba, querían quedarse mientras yo solo pensaba en partir para nunca volver. Nueva York, tierra maldita, destierro, distancia, olvido...oscuridad. Volví a respirar hondo, necesitaba aire y solo encontraba vapor. Podía verlo surgir del asfalto. Algo me apretaba en el pecho, un peso que no podía hacer desaparecer mediante suspiros; con cada uno de ellos sentía como si esa carga fuera a desvanecerse con el siguiente pero, en realidad, solo servían para publicar mi estado de ánimo. La intensa luz blanca iluminaba todos los rincones menos mi interior, donde solo reinaba sombra y pesar. La derrota pública de ser despedido por tus ideas, “demasiado vanguardistas”.

El trasbordador se acercaba mientras yo, con la mirada perdida, aguardaba mi turno para subir. Mis ojos eran increíblemente pesados, quizá por todas las lágrimas que habían escondido. Me impedían alzar la vista. Solo merecía ver el suelo. La campana advertía a los viajeros para que prepararan su embarque. Antes, los ocupantes del trasbordador procedente de Nueva Yersey debían bajar a tierra firme. En ese momento alcé la cabeza y sólo vi sus ojos, negros y profundos, en lo alto de la escalinata, con la mirada inconfundible del joven que visita por primera vez Nueva York, absorbiendo todo lo que había a su alrededor, perdiéndose en las alturas de los edificios mientras su imaginación parecía volar, era preciosa. Su vestido blanco reflejaba la luz del sol haciéndola aún mas brillante, sus innumerables pliegues la hacían parecer una perfecta flor, una orquídea polinizada por una hermosa joven. Me quité las gafas para emborronar una belleza que no merecía admirar y subí al barco.

Una vez en el interior, me senté mirando en la misma dirección hacia donde éste dirigiría su rumbo. Como siempre, quería ver como mi destino se acercaba antes de toparme con él. Fue entonces cuando los motores se encendieron y el trasbordador inició bruscamente su marcha empujando mi cuerpo y mi cabeza violentamente hacia delante, todavía miraba hacia Nueva York. Con una disimulada sonrisa me recosté en el asiento y caí en un tranquilo sueño…unos ojos negros…
Andrés Zaragoza Montejano

15 enero 2009

NOMADAS DEL DESIERTO



Hace días que regresamos y aún no he conseguido sacarme el frío del cuerpo, se trata de una mezcla entre cansancio y desasosiego que hoy al despertar, se convirtió en mal humor. Ha ido creciendo a lo largo de la mañana, mientras escuchaba las noticias sobre los bombardeos en la Franja de Gaza, a las 16:30 h. he decidido que ha llegado el momento de sacarlo afuera.

Tengo la suerte y la desgracia de sentir pasión por una tierra desolada, África. Pero después de varios intentos de viajar con algún sentido, he llegado a la triste conclusión de que lo mejor, de ahora en adelante, será viajar por mi cuenta.

Esta es la historia de un largo viaje al desierto, así dicho suena romántico, ¿verdad?. La magia desapareció con los primeros rayos de luz del día, tras dos largos días de interminables carreteras. A nuestro alrededor revoloteaban niños y jóvenes que nos hablaban español, catalán, eusquera, francés e incluso chino.

Aquello no fue un shock cultural, al principio sólo pensé que las horas del viaje me habían trastornado. Después de un idílico paseo por un oasis cultivable, nuestros amables guías empezaron a enseñarnos sus tesoros. Eran fósiles milenarios salvajemente extraídos de las minas y que los niños nos vendían a precios europeos, en dirhams o en euros. Las niñas poco a poco desparecieron de nuestro alrededor, sin dejar rastro, sólo pudimos hablar con dos jóvenes durante nuestra estancia, también a cambio de un módico donativo.

Que todo en África tiene un precio no es algo nuevo para mí, en esta ocasión lo duro era el disfraz de “Turismo Responsable”, detrás del cual se esconde una brutal agresión contra la naturaleza, una promoción de la inmigración a Europa y un turismo sexual descarado. Ya no es cuestión ni siquiera de la existencia de ONGDs que llevan a cabo actuaciones diseminadas y sin sentido, se trata de organizaciones que están dejando una huella devastadora por allá donde acampan.

Si me horrorice cuando en Guinea Ecuatorial bajábamos de los contenedores colchones, mantas y hasta libros de valenciano (“porque el saber no ocupa lugar”),...la experiencia de limpiar un hospital en medio del desierto construido entre un cementerio y un vertedero ha superado todas mis expectativas. Un hospital con consultas de oftalmología, de odontología, absolutamente equipadas y cerradas, porque sólo los españoles saben utilizarlas. Un hospital cerrado en medio del desierto, eso sí, con los azulejos del suelo de color blanco nuclear y por supuesto llenos de arena.

En medio de este show, convenientemente orquestado para la llegada de los turistas, me asaltó una duda: ¿quién era quién en medio de aquel circo?.

Dunas inmensas de arena de un rojo fuego y un azul intenso que no te dejaba dejar de mirar el horizonte. En un instante podías sentir tanta pasión y tanto desprecio al mismo tiempo,... Tablas de snow, skiadores, furgonetas y 4x4, el estruendo de qüads y motocicletas y un ruido ensordecedor que aplastaba los cuentos de Ali Baba y las Mil y una Noches.

Sigilosamente busque un rincón en el que desaparecer en medio del desierto, me constó encontrarlo, cuál fue mi sorpresa cuando descubrí desde lejos que los pobres nómadas del desierto disimulaban ante la llegada de los 4x4 y los autobuses de “turismo responsable”. Detrás de la carretera principal y tras “las casas de adobe de aquellos nómadas que no tenían nada y que vivían en medio de tanta dureza” se escondían plantaciones con riego por goteo, antenas parabólicas, conexiones a internet,...

Dos días antes de empezar nuestro camino de regreso empezaron a apabullarme las peticiones de boda, algunas para considerarlas, que pena que una tenga tantos principios.

Volví con los colores fundidos en mis pupilas, con el calor que te da el contacto con esta tierra, con el interminable brillo de las estrellas y la huella aplastante de la verdad sobre mi conciencia. Siento cada día la llamada de África, allí encontré grandes hermanos y mejores habitantes.

Atravesé la frontera de Ceuta con la dosis suficiente de realismo, para enfrentarme a aquellos que defienden la mal llamada cooperación al desarrollo y a los que visten el trajecito de turistas responsables. Y maldigo estas nuevas formas de colonización que importan este modelo de consumo al borde de la catarsis. ¿Qué tendrá que pasar para qué aprendamos de nuestros propios errores?

Ya en suelo español, bajando las maletas para cruzar el estrecho, una de las “turistas responsables”, que había recorrido el Magreb y sus contrastes, durante sus vacaciones de navidad, comprobó asombrada que no estábamos solos y con una voz fina y estridente nos alarmó: -Hay unos pies ahí, debajo del autobús.

Hice 14 horas de viaje, en silencio.



Aurora,
15 de enero de 2009.